Dependencia emocional

    Yo sé que llamarle va a ser otro error. Pero el síndrome de abstinencia me corrompe desde lo más profundo de mi ser. Enganche. Droga. Un bucle infinito.

¡Basta!

    Me levanto del sofá, dejando el móvil sobre la mesa del salón y me dirijo hacia mi habitación. Miro a través de la ventana y observo esas nubes grises que avecinan tormenta. Me muerdo las uñas. ¡Maldita costumbre! Voy a hacerme un café. Sé que si mantengo mi mente ocupada, este desasosiego acabará pasando. Pero al pasar por la puerta del salón, mi voluntad vuelve a ser efímera, mis piernas me arrastran al móvil de nuevo. Lo cojo. Necesito hablar con él. En el fondo no es malo, él es así. Y es que me ha antepuesto a sus intereses en tantas ocasiones, me ha hecho tantos favores, me ha dado consejos cuando se los he pedido, se ha quedado tantos ratos conmigo tras la jornada laboral tomando algo y charlando… aunque en otras me haya hecho daño y me haya ninguneado. Pero es que no puedo pedirle que cambie. Voy a llamarle, no, mejor no. ¿Y si me rechaza? ¿Y si le sienta mal mi llamada porque está con su mujer? Me destrozaría.

    Vuelvo a dejar el teléfono y respiro hondo y profundo. Me hago ese café. Ni el ruido de la máquina consigue que mi mente regrese. Alejada, observa el líquido negro, oscuro y amargo en la taza caliente. Tan tentador sería dejar que mi barco naufragara en él, y hundirme, consiguiendo así el alivio deseado.

    Voy a llamarle. Corro hasta el móvil y marco su número. Mis dedos apenas pueden marcar los botones, mis manos tiemblan al ritmo de mi respiración. Espero.

        - ¡Dime! ¿Qué necesitas?- me responde.

         - ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo estás? Llevas varios días sin venir a la oficina y me comencé a preocupar por ti- le pregunto animada, al ver que su tono de voz no es de enfado.

         - La gripe. Con todos sus maravillosos síntomas. Quería ir hoy, pero he pasado mala noche- explica.

         - Bueno, pasará. Solo me apetecía charlar contigo. Se me está haciendo bola la semana, con todo este trabajo y no tengo a mi remanso de paz para desahogarme un rato, ya sabes- le confieso.

    Marcos intenta quitar importancia a mi desasosiego como siempre, diciéndome que si no tengo a nadie más para conversar, que si debería extender mi dominio de amistades, que igual mañana le atropella un camión…

         - Bueno, ya sabes que una conversación contigo es importante para mí. Y el viernes no acudiré al trabajo. A ver si el lunes podemos tomar algo- le suplico, a la vez que siento que no debería haber dicho esto.

         - Sobrevivirás sin una cerveza- me dice con tono burlesco.

    Pero cómo puede ser tan frívolo y poco empático. Tranquila, respira.

         - Me sigues esquivando y no agradeces ni si quiera que me apetezca charlar contigo- le comento. Me siento de nuevo en el sofá porque siento que me flaquean las piernas. Me duele todo.

         - Los amigos quedan cuando pueden o apetece. Las cadenas y obligaciones aquí no sirven- responde Marcos algo enfurecido.

         - Pero si lo único que te digo es que me apetece un café contigo, que lo echo de menos- le aclaro.

         - Y yo que estoy con gripe. Pásate por la oficina y te tomas algo con mis compañeros- me dice.

    ¡No me lo creo! ¿Cómo me dice eso? Como si fuera uno más de sus compañeros de trabajo. Sabía que no era buena idea llamarle…

         - Ellos no son mi remanso de paz. No puedo contarles mis preocupaciones con la confianza con que te las cuento a ti- le digo mientras las lágrimas comienzan a caer por mi rostro.

         - Eso suena demasiado comprometido- me dice.

         - Piensa lo que quieras, lo que es, es- le digo con un hilo de voz apenas perceptible.

         - Ya sabes que hay límites- me dice.

         - Ya lo sé, ¿por qué me lo recuerdas?- le pregunto- Tengo 15 años más que tú pero no soy tonta.

    Marcos evita contestarme a eso. Se agobia cada vez que sale el tema de no traspasar esa barrera. Él ya me lo aclaró hace tiempo, tan sólo quería una amistad. Sin embargo, nunca ha querido alejarse de mí del todo, porque en el fondo lo pasa bien conmigo. Él no tiene nada que perder, y no le afecta mi estado mientras no sobrepase esos límites. La frustración de saber que nunca será para mí, es el motivo de mi desazón e inestabilidad. Algo contra lo que no puedo luchar, algo que me consume cada segundo de mi vida, de la vida en la que he decidido quedarme estancada y en la que cada vez me encuentro más sola. No me reconozco.

        - ¿Y cuándo te vas de vacaciones? Necesitaría coger fuerzas con tu compañía antes de irme- le digo.

        - El 21. De hecho, se cogen para reponerlas. Mi mujer y yo estamos deseando irnos unos días- me responde.

    Me quedo paralizada. Apenas me entra el aire. Vapuleada y dolorida. ¿Qué hay en mi cabeza que impide contestar? Sus palabras me calan como una tortura, extinguiéndome lentamente.

    ¿Por qué me nombra a su mujer? Sabe que me duele. Cómo puede ser tan distante. Evita comprometerse. Le doy todo y él…

          - Antes de morirme, nos echaremos algo- me dice.

    Y ya está. Otra broma tras la que se parapeta para poder mantener nuestra amistad y con las que yo me quedo sin apenas aliento. Me quiero esconder en mi cueva oscura y dejar pasar el día sin salir. Me ahogo.

         - Vale, me debes una. Espero verte el lunes- le digo para evitar seguir haciéndome daño.

         - Por si acaso, no cuentes con ello. Lo intentaré pero en el estado en el que estoy no te aseguro nada. Además, no quiero contagiarte para Navidad- insiste.

         - Vale, no puedo más. Me haces daño, y no puedo seguir hablando contigo, lo siento– le digo.

         - Cómo te gusta darle vueltas a la cabeza. Tenemos ese café pendiente- me dice, como tantas otras veces, cogiendo el hilo en el último momento, antes de dejarlo escapar por completo.

    Y yo me vuelvo a conformar con esa simple migaja, suficiente para quedar atrapada en su red. Enganchada. Víctima. Bucle infinito.

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