Una mirada al horizonte

    Sara no tenía nada mejor que hacer aquel sábado por la mañana. Pensó que acercarse a trabajar un rato a la oficina le reconfortaría. O eso intentaría. Ocupar su mente era lo único que aliviaba esa soledad y desdicha.

    Desde que le pidió a su marido distanciarse un tiempo, no había sido capaz de sonreír, de sentir ilusión por nada. Tomó esa decisión porque se ahogaba, era infeliz en casa; presuponía que no sería fácil, y no se equivocó. Estas tres últimas semanas había llorado más que en los últimos años.

    Yo creo que ya es suficiente. He adelantado trabajo y me encuentro más animada. Un café me vendrá fenomenal antes de regresar.

    Sentirse libre de ataduras es la parte buena de su situación. Camina, sin pensar en nada. Este tiempo en la oficina le permite disfrutar de cada segundo, de cada paso, de cada sonido con el que se cruza. Sólo eso. Sus pies le llevan hasta una terraza con la que cruza de camino a casa y se sienta.

    Observa a la gente. Una pareja se abraza, mientras se hacen un selfi. Un grupo de amigas conversan alegres los planes para esta noche. Un niño come un helado derretido junto a su madre, mientras su marido le tiende una servilleta no sin rozarle antes la mano cariñosamente. 

    El corazón se le vuelve a estremecer, así que decide regresar directamente, mientras las lágrimas vuelven a caer por sus mejillas.

    Tranquila, esto pasará. Piensa algo bueno. ¿Qué estarán haciendo mis niños? Mejor no escribirles aún. Esperaré a la tarde. ¡Qué vacío tan doloroso!

    Sara sólo imagina su café al llegar, sentarse en su terraza y no pensar. Su casa, aunque vacía y en silencio, aun le permite mantener la serenidad suficiente para no verlo todo oscuro. Allí aún se siente exenta de observar al resto del mundo, prefiere la soledad a solas que la soledad rodeada de gente.

    Su cómoda hamaca la espera. Se ha decantado por leer. David Olivas es su último descubrimiento. De algún modo se siente identificada con él.

    “El banco de Calella está en la esquina de la plaza. Dispone solamente de un pequeño cajero…” Cómo se escucha hoy a los niños. ¡Parecen contentos! Ojalá estuvieran los míos abajo. Les echo de menos.

Paola, ¿por qué no te metes con nosotros?- grita Ari desde el agua.

- Voy ahora mismo- contesta Paola, mientras guarda el móvil en su mochila. Camina hasta la piscina y se zambulle sin apenas pensarlo.

¿Qué hacías? ¿Por qué tardabas tanto?- insiste Ari.

- Estaba escribiendo a Inés. Le echo de menos. Hace ya una semana que se fueron de vacaciones con su papá y no sabemos nada de ellos- explica algo triste Paola.

- Es cierto. Yo también me acuerdo mucho. Sobre todo cuando jugamos al Monopoli cada tarde porque es el juego favorito de Adrián- recuerda Ari.

- Bueno, no pensemos más. En unos días ya estarán por acá- dice Paola sonriendo.

    Se levanta y desde el balcón, puede observar a Álex que sigue sentado bajo la sombrilla, mientras Tiago sale corriendo y se lanza en el agua cristalina de la piscina.  Es entonces cuando repara en el ágil movimiento de un brazo, es Ari saludándola.

- ¿Cómo se lo están pasando en la playa?- pregunta la niña.

- Muy bien, os echan de menos- contesta Sara, que no puede contener una sonrisa de ternura, mientras se deja caer de nuevo para seguir leyendo.

    Los minutos pasan y Sara decide bajar la basura para estirar las piernas y cambiar de aires.

    Parece que ya no hace tanto calor. Entra en la urbanización, camina tranquila siguiendo el seto con la mirada y escucha un wasap que la devuelve a la realidad.

- ¡Oki doki!, ¿qué tal mami?- es Inés.

- Muy bien, os llamo en unos minutos, ¿te parece?- le responde escribiendo.

    A ver si me acuerdo de decirle que han preguntado por ellos sus amigos. El móvil y sus pensamientos son casi el motivo de una caída al chocarse con Ari y Paola.

- ¡Hola Sara!- le dicen.

- Hola chicas, ¿no subís ya a casa? Es tarde- les comenta.

- Sí, ya íbamos. ¿Sabes que justo me respondió Inés porque le escribí para decirles que les echamos de menos?- Ari sonríe.

- ¿Sí? Qué bien. Se habrán alegrado mucho. Ya en unos días volverán y podréis jugar juntos. Me subo chicas, que voy a hablar con ellos un ratito.

Tras despedirse, sube las escaleras, sonríe, su corazón también. Llega el mejor momento del día.

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