Una mirada al horizonte
Sara no tenía nada mejor que hacer aquel sábado por la mañana. Pensó que acercarse a trabajar un rato a la oficina le reconfortaría. O eso intentaría. Ocupar su mente era lo único que aliviaba esa soledad y desdicha. Desde que le pidió a su marido distanciarse un tiempo, no había sido capaz de sonreír, de sentir ilusión por nada. Tomó esa decisión porque se ahogaba, era infeliz en casa; presuponía que no sería fácil, y no se equivocó. Estas tres últimas semanas había llorado más que en los últimos años. Yo creo que ya es suficiente. He adelantado trabajo y me encuentro más animada. Un café me vendrá fenomenal antes de regresar. Sentirse libre de ataduras es la parte buena de su situación. Camina, sin pensar en nada. Este tiempo en la oficina le permite disfrutar de cada segundo, de cada paso, de cada sonido con el que se cruza. Sólo eso. Sus pies le llevan hasta una terraza con la que cruza de camino...