Castillos en mi cabeza

 

¿Yo? Soledad y sin autoestima. Y me aferré a ti porque apareciste como un mago con una chistera.

¿Y yo? Tristeza y desasosiego. Y me aferré a ti porque necesitaba engancharme a cualquier ilusión.

Castillos en mi cabeza.

Y la llené con tus palabras, con tu sonrisa, con tu mirada de soslayo y tu complicidad.

Castillos en mi cabeza a rebosar.

¿Y tú?

Tú nunca me has mentido. Tú te dejaste llevar igual que yo. Disfrutamos juntos, amistad inocente, momentos únicos. Disfrutaste porque estabas a gusto.

Tú nunca me has mentido. Me confesaste lo rápido que se te pasaba el tiempo, me pedías consejo, me ayudabas si te lo pedía, te reías con mis bromas, aceptabas mis cafés sin dudar apenas, alargabas tu jornada laboral…

¿Y tú?

Tú nunca me has mentido. Te divertiste, pero no, tú nunca tuviste castillos en tu cabeza. Y cuando viste los míos intentaste pararlos.

Me dijiste que no podía depender de nadie pero ya era demasiado tarde.

¿Y yo? Yo no te quise escuchar, me hice la valiente, la mayor, y pensé que sería capaz de gestionarlo. ¡Qué ignorante!

¿Y tú? Tú te alejaste de mí para no hacerme daño, y no te quise escuchar, no quise hacerte caso.

¿Y tú?  Ya no sabías cómo no hacerme daño. Aunque siempre fuiste abanderado de la verdad, por muy amargo que fuera su sabor. Y así aprendí a no odiarte.

Tan desgarrador no poder hacerlo, y no poder amarte tampoco. Jamás imaginé que el punto intermedio pudiera ser tan devastador.

¿Y tú? Tuviste que llegar para darme el mayor golpe de mi vida. Ahora soy consciente de la dependencia que he tenido a alguien siempre, desde la adolescencia. Siempre acompañada, pero a la vez siempre sola.

Y tuviste que llegar tú.

¿Y yo? Y ahora, que sé que esos castillos sólo estaban en mi cabeza, ahora es cuando sé que quiero estar sola. Porque no quiero necesitar a nadie más, ni depender de nadie.

¿Y tú? Tú sigues ahí, sigues igual que siempre. Siempre he sido yo la que se ha acercado, la que te ha necesitado.

¿Y tú? Tú sigues igual que siempre, sin más y sin menos, igual que siempre.

Castillos en mi cabeza transformados en cadenas que intento romper cada día. La duda y la pena me hacen zozobrar cada vez que apareces porque sé que romper estos eslabones, supondrá hacerlo para siempre. Mi cabeza quiere romperlos, lo necesito para poder volar pero mi corazón muere tan sólo de pensarlo.

No hay hueco en la tierra para esconderme y hacerme lo suficientemente pequeña, porque al final siempre aparece tu sonrisa que me hace temblar. Y esa valentía se vuelve tan efímera como la luz de una cueva.

No puedo más. Necesito oxígeno para respirar. Necesito que no peines más mis alas y me dejes volar, para poder volver sana, sin dolor, sin reproches, siendo yo de nuevo.

Sé que quiero estar sola, y lo sé porque tú un día me lo enseñaste. Déjame volar.

Comentarios